Lo que la historia explica del catalán de hoy
Del latín hablado a una lengua nueva
El catalán no viene del latín de Cicerón, sino del que hablaban soldados, comerciantes y colonos desde que Roma desembarcó en Empúries en el 218 antes de Cristo. Ese latín de la calle fue cambiando a su manera en cada rincón del Imperio, y cuando la unidad política se rompió, cada zona siguió su camino. Entre los siglos VIII y X, en los condados que nacieron entre al-Ándalus y el reino franco, ya se hablaba un romance que hoy llamaríamos catalán, aunque se siguiera escribiendo en latín.
Por eso el catalán se parece tanto al castellano en unas cosas y al occitano en otras. Muchas palabras eligen una raíz latina distinta de la castellana: «parlar», de «parabolare», frente a «hablar», de «fabulare»; «taula», de «tabula», frente a «mesa», de «mensa». Y la pérdida de las vocales finales del latín, salvo la «a», explica por qué tantas palabras catalanas son más cortas que sus parientes castellanas: «fill» frente a «hijo», «llop» frente a «lobo», «nit» frente a «noche».
Por qué hay balear y valenciano
En el siglo XIII, Jaume I conquistó Mallorca en 1229 y la ciudad de València en 1238, y los repobladores llevaron su catalán a las islas y hacia el sur. Las diferencias entre el balear, el valenciano y el catalán central no vienen de lenguas distintas, sino de dónde salieron los repobladores, de siglos de evolución separada y del contacto con otras lenguas. Por eso en Mallorca se dice «es cotxe», con el artículo que viene de «ipse», y en València, «parle» donde en Barcelona se dice «parlo».
La unidad de la lengua es un consenso de la filología, y se nota en que un hablante de Palma, uno de Girona y uno de Alacant se entienden sin esfuerzo. Lo que cambia es sobre todo la pronunciación, algunas formas verbales y parte del vocabulario, más o menos como entre el castellano de Sevilla y el de Burgos. La norma la fija el Institut d'Estudis Catalans y, en el País Valencià, la Acadèmia Valenciana de la Llengua; las dos coinciden en lo esencial y admiten las formas propias de cada zona.
Decadencia, Renaixença y Fabra
Entre los siglos XVI y XVIII la corte y buena parte de las élites pasaron al castellano, y tras la Guerra de Sucesión los decretos de Nueva Planta llevaron el castellano a la administración y a los tribunales. El catalán escrito culto retrocedió, pero la lengua siguió viva en casa, en la calle, en los sermones y en el teatro popular. En el siglo XIX la Renaixença la devolvió a la poesía, a la prensa y al teatro, aunque sin una ortografía común: cada autor la escribía a su manera.
Esa dispersión es la que resolvió Pompeu Fabra, un ingeniero químico, desde el Institut d'Estudis Catalans: las normas ortográficas de 1913, el diccionario ortográfico de 1917 y la gramática de 1918, rematadas por el diccionario general de 1932. Por eso el catalán que se estudia hoy tiene una ortografía tan regular y se escribe prácticamente igual en Barcelona que en Palma. La reforma ortográfica del IEC de 2016 retocó algunos detalles, como la lista de acentos diacríticos, pero no cambió la base de Fabra.
Del franquismo a hoy
Tras la Guerra Civil, el franquismo sacó el catalán de la escuela, de la administración, de la prensa y de la radio, y durante años lo persiguió también en la vida pública. La lengua aguantó en casa, en la literatura del exilio y, desde los años sesenta, en las canciones de la Nova Cançó, que la llevaron a un público joven que no había podido estudiarla. Por eso muchos hablantes nacidos en esos años lo hablan con total soltura y, en cambio, lo escriben con inseguridad.
Con la democracia llegaron las leyes de normalización lingüística de los años ochenta, el catalán en la escuela y la radio y la televisión públicas en catalán. Hoy es lengua oficial en Catalunya, en las Illes Balears y en el País Valencià, donde se llama valenciano, y la única oficial en Andorra. Esa historia explica por qué conviven hablantes de catalán de toda la vida con muchos que lo han aprendido de adultos, y por qué aprenderlo de adulto es de lo más corriente.